Viajes

Ile de Ré y La Rochelle: en la costa de Charente

A unas horas de aquí, existe una pequeña isla muy conocida en Francia donde el tiempo parece detenerse. Es tan bonita y conocida, que los precios de las casas se han disparado y hoy en día solo se lo pueden permitir los grandes bolsillos, sobre todo parisinos, que tienen allí su casa secundaria para las vacaciones. Es una isla a la que se llega cruzando un puente larguísimo, con un peaje a la entrada (que es gratuito si vas a pie o en bicicileta, pero hay que ser un poco atrevido para eso). Lo ideal es ir cuando hace buen tiempo, y mejor en temporada baja (el peaje es más barato), aunque de todas formas estará llena de gente.

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Una de las principales atracciones es visitar la capital, si se puede llamar así, Saint Martin, cuya particularidad es que tiene una fortaleza construida por Vauban (arquitecto militar del rey) en forma de estrella que sigue en muy buen estado, además de sus callejuelas con casas bien blanquitas, de piedra y ventanas de colores. Podéis subir a la torre de la iglesia (no recuerdo el precio) para tener una vista general de tooooda la isla.

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Además es tierra de burros, pero no unos burros cualesquiera. Son unos burros tremendos de grandes con mucho, mucho pelo. Están protegidos porque estuvieron a punto de extinguirse. Los veréis en las fosas de la muralla, y en las tiendas de souvenirs encontraréis jabones de leche de burra para que os deis un baño al estilo Cleopatra.

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La mayor atracción en realidad es alquilar una bicicleta y recorrerse la isla. Encontraréis a todos los turistas montados en bicis similares, todos un poco perdidos, con la cara roja y pedaleando de pueblo a pueblo, atravesando campiña (vino blanco), marismas (sal y algas), y costa (ostras). Siempre os podéis ir parando a probar algunas de estas delicias que la hacen tan famosa en los restaurantes de cada pueblo (y las tiendas de regalos). Cada pequeño pueblo de la isla tiene su propio encanto, pero la distancia entre cada uno es un poco larga para hacerla en bicicleta (sin embargo el uso del coche está menos favorecido, es más complicado aparcar y a veces está prohibido entrar en algunas zonas.

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Cuando os canséis de tanto burro y tanta bici, no dejéis de visitar La Rochelle, que es la ciudad que está en la costa continental justo enfrente. Es una pequeña joya con una historia de lo más interesante. La oficina de turismo organiza visitas a pie guiadas muy completas en las que aprenderás sobre el pasado marítimo de esta ciudad que perteneció a varios duques, condes y hasta reyes de otros países. Aquí abajo estoy posando (como siempre) delante de las torres de entrada al puerto.

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Ya no quedan muchos restos de las murallas, aunque se puede seguir un trazado por el suelo que indica su antigua localización. Pero dentro de su precinto se encuentra el centro de la ciudad, con una mezcla arquitectónica curiosa. Tenéis que fijaros en tres cosas principalmente:

  • Las arcadas en la parte baja de los edificios, que indican que era un almacén de venta (testigo del pasado mercantil y comercial), se pueden encontrar en las principales calles del centro, pero muchas veces se ha construido por encima y solo se percibe la silueta de la piedra.
  • Interesantes también las pocas casas con vigas de madera en la fachada que quedan, pero no las verás porque en La Rochelle las han cubierto con tejas de pizarra (algo único en el mundo) para protegerlas.
  • Y por último, las gárgolas que servían para expulsar el agua de la lluvia. Hubo una ley en la que se prohibía tenerlas y la mayoría fueron cortadas, pero algunas han quedado en pie (tras haber sido taponadas).

En esta foto podéis intentar encontrar las tres:

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La Rochelle es una ciudad pequeña pero coqueta, da gusto perderse por el centro (en el que te encuentras rápidamente, con muchísimos rincones curiosos. Si tenéis un fin de semana y estáis por la zona, es interesante pasarse rápidamente por esta zona y hacer el combo con la Isla de Ré.

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¡Y preparáos a esquivar turistas!

 

 

 

 

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