Personal, Viajes

Nuestra primera experiencia en un “work away”

Existen varias páginas web en la que organismos o particulares proponen alojamiento y, a veces, comida a voluntarios a cambio de trabajo. Tras leer varios comentarios y analizar las ofertas disponibles, mi francés decidió apuntarnos a la página web de Work Away.

El funcionamiento es bastante sencillo. Puedes elegir un perfil individual o doble, pagas las tasas de inscripción para un año, y una vez completas tu información personal, puedes echar un vistazo a las ofertas publicadas. Por lo general las personas que buscan ayuda publican un anuncio con las características del trabajo que piden, los horarios, lo que ofrecen a cambio, etc.

Hay que contactarles con antelación, ya que algunos no miran el perfil a menudo y pueden tardar tiempo en responder, y no hay que delimitarse a uno solamente. Nosotros contactamos varios en Taiwán sin obtener respuesta a tiempo, por ejemplo. Muchos no nos han respondido siquiera a día de hoy. Por eso hay que perseverar, enviar mensajes personalizados, y ser un poco flexibles en las fechas.

Una de las personas que nos respondió y aceptó las fechas que nos convenían en nuestro itinerario fue Tien, quien gestiona un homestay (pensión) al norte de Vietnam. El local se encuentra en una aldea a no muchos kilómetros de China, a las afueras de Ha Giang. Rodeada de montañas y campos de arroz en terrazas, la pensión acoge normalmente a viajeros que quieren conocer esta región por su autenticidad, por sus etnias minoritarias y por sus paisajes.

Nuestro trabajo allí consistía en realizar tareas de mejora en la pensión, ayudar cuando había clientes, y tareas domésticas varias. Mi francés se involucró mucho en la construcción del suelo de la cabaña de bambú para los patos, aunque yo también le ayudé mucho al principio. También fue varias veces a cortar leña a la montaña. Yo barría y recogía toda la casa por las mañanas, ordenaba los productos de la tienda, limpiaba el camino de entrada, hacía la colada… Entre todos ayudábamos a cocinar (a pesar de que al principio se nos daba regular acabamos aprendiendo varias recetas), y sobretodo a lavar los platos.

La cocina se encontraba al exterior, en la planta baja
El suelo de la casa para los patos

Una de las cosas que menos me gustaron era que no había manera de calentarse. Hasta por lo menos el quinto día no les dio por hacer una hoguera que no fuera para barbacoa. Yo, al segundo día tenía un catarrazo de aúpa. Y es que la planta de abajo en realidad es el patio, y en la parte de arriba de la casa de madera no había cristales de ningún tipo en las ventanas. Para protegernos del frío a la hora de dormir teníamos cortinas y un montón de edredones, además de nuestros chaquetones y bufandas.

Sala de arriba, con los dormitorios a los lados y, si necesario, comedor en el centro para las grandes recepciones

Tampoco tuvimos mucha suerte porque, según nos decían, no era normal que hiciera ese frío. Ya pudimos notar que los últimos días fueron un poco más cálidos y podíamos trabajar sin llevar el abrigo puesto. El sol salió los dos últimos días, los árboles empezaban a florecer y había un aire festivo en el ambiente ya que el año nuevo lunar se acercaba (en Vietnam siguen también el calendario lunar y el año nuevo se llama Têt).

La tienda de artesanía

Otro de los problemas fue la comunicación. Tien habla poco inglés, y su hermana y primas (con quien interactuábamos más a menudo) no hablaban casi nada. Google Translate nos salvó en muchas ocasiones, a pesar de algunas traducciones incomprensibles, y nos ayudó también a conocerlas mejor. Es una pena porque nos fuimos cuando empezábamos a tener más confianza.

Cocinando la cena

En conclusión puedo decir que la experiencia fue muy positiva, a pesar de los problemas de comunicación y el frío polar que me desanimó mucho al principio. Pudimos ver de primera mano la dura vida que lleva esta gente en el campo, sacando los búfalos a comer, cortando la madera en lo alto de la montaña con machetes (y muchos de ellos iban descalzos), preparando las terrazas para plantar el arroz, viviendo prácticamente al aire libre en pleno invierno, cortando el bambú para construir las cuadras de los animales… Interactuamos con los autóctonos y aprendimos su estilo de vida, sus horarios, sus comidas, sus fiestas, su familia… Incluso acabamos participando en una fiesta de año nuevo de las viejitas del pueblo donde nos invitaron a comer y brindar con vino de arroz.

Esta foto me la ha enviado un huésped de Taiwán que fue quien nos habló de la fiesta (sentado a mi lado). ¡Una persona muy simpática!
Con Tien la última noche

7 comentarios en “Nuestra primera experiencia en un “work away””

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